Apenas una década atrás, la idea de que una empresa cripto pudiera cotizar en Wall Street
parecía tan lejana como el sueño de una moneda digital emitida por la Reserva Federal. En
aquellos años, Bitcoin era aún visto como un experimento de nicho, las ICO como un juego
de especulación salvaje y los reguladores estadounidenses como gendarmes decididos a
sofocar cualquier atisbo de innovación financiera. Pero el tiempo ha demostrado que la
tecnología blockchain no era un capricho pasajero, sino una infraestructura en ciernes con
el potencial de redibujar los mapas del dinero y las finanzas. Como suele ocurrir en la
historia económica, cuando la innovación desafía al statu quo, primero es negada,
después ridiculizada y, finalmente, asimilada.
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